El analista indispensable

George F. Kennan, An american life de John Lewis Gaddis, Penguin, 784 pp.

Ganador Pulitzer Prize 2012 – Categoría Biografía.

Debe haber sido difícil ser George F. Kennan.  Fue el mayor experto sobre política Soviética en los Estados Unidos durante la Guerra Fría.  Entendió (y probablemente fue de los primeros en entender) la magnitud de las consecuencias de una guerra entre las dos potencias.  Ayudó a diseñar la estrategia de contención que, en última instancia, fue exitosa para evitar el enfrentamiento.  Aun así, vivió con el temor toda su vida de que se pudiera desatar en cualquier momento y luchó por que su voz y sus ideas se escucharan entre quienes tomaban las decisiones.  Desafortunadamente, no siempre lo logró.

John Gaddis - George KennanSu vida fue larga, llena de estudio, trabajo y análisis de la política mundial.  Sus ciento un años están descritos a detalle en la enorme (en extensión y profundidad) biografía escrita por John Lewis Gaddis -son más de 700 páginas llenas de datos que cuentan la historia de este burócrata de carrera quién, a través de conocimiento y análisis ayudó a cambiar al mundo.

El nombre de Kennan se volvió conocido el 22 de febrero de 1946.  Unos días antes, Stalin había dado un discurso desafiando a las potencias occidentales, particularmente a los Estados Unidos.  Kennan trabajaba en la Unión Soviética como consejero en la Embajada y se encontraba comprensiblemente preocupado por la reacción que pudiera tener la Administración de Truman.  La cuestión podía escalar y, aun cuando los Soviéticos no tenían armas atómicas todavía en 1946, una guerra entre la URSS y los Estados Unidos habría resultado globalmente catastrófica.

En Washington esperaban la respuesta de Kennan.  El aprovechó la espera lo mejor que pudo enviando un enorme telegrama explicando a detalle lo que el creía era necesario realizar.  No estaba en la posición de dictar la política internacional de Estados Unidos (en toda su vida, nunca obtendría ese papel), por lo que se limitó a dar su consejo.  En esta ocasión, posiblemente la más importante oportunidad que podría haber tenido, la gente en el poder escuchó.

El telegrama describía la destrucción que provocaría el conflicto con la Unión Soviética.  Afirmaba que los Soviéticos eran conscientes del problema también, por lo que a ambos países les interesaba evitar el conflicto directo.  Sin embargo, no podrían dejar de ser antagonistas (a final de cuentas, cada uno definía su existencia como una lucha contra el modo de vida del otro), por lo que los Estados unidos debían únicamente tratar de detener el crecimiento de la esfera de influencia de la Unión Soviética.  Cualquier desarrollo dentro de ésta debía ser dejado en manos soviéticas.  De otra forma, asumiendo que la presión fuera exitosa, se podrían sentir acorralados y la guerra entonces sería inevitable.  Kennan argumentaba, basado en su conocimiento del Estalinismo, que la Unión Soviética correspondería de la misma manera.

Cómo pudo llegar Kennan a esa conclusión es una de las preguntas principales que Gaddis busca responder en su biografía.  Una de sus mejores herramientas era que hablaba a la perfección el ruso.  Como miembro de la embajada, los oficiales Soviéticos trabajan completamente cómodos con él.  También era un lector voraz de historia y literatura.  La combinación de ambas le brindó una habilidad sorprendente para leer la cultura rusa, incluyendo los intereses de la gente y las intenciones de los políticos.

La carrera de Kennan no termina después de enviado el telegrama; en ese caso difícilmente sería justificable una biografía, aún si esta fuera la mayor contribución de alguien en el servicio diplomático a la política exterior.  Continuó trabajando con los siguientes gobiernos en Estados Unidos (con algunos más cerca que con otros) y dedicó una buena parte de su vida a la investigación académica, incluso cuando nunca había tenido la preparación formal para hacerlo.  En 1947 publicó un artículo en Foreign Affairs (inocentemente firmado como Mr. X, como si nadie pudiera reconocerlo) donde declaró que la Unión Soviética era insostenible y que el modelo económico en que se basaba estaba condenado a caer y describió, con un increíble nivel de detalle, cómo sucedería todo.  Es particularmente impresionante dada la precisión de sus predicciones, incluso si sucedieron mucho después de lo que él esperaba.

Desafortunadamente, en esta ocasión no mucha gente escuchó (o no escuchó todo el mensaje).  Al menos, no los que estaban en posición de tomar una decisión.  Incluso en los años en que trabajó para el Departamento de Estado, su consejo pudo haber sido bien recibido, pero técnicamente no siempre era seguido.  Kennan abogaba en contra de la acción directa atacando los intereses soviéticos, contra el involucramiento activo en conflictos exteriores (como lo sería Vietnam) y contra el apoyo de dictadores sólo porque eran pro capitalistas.

Puede parecer increíblemente tedioso leer a detalle acerca de todos estos años en que se desempeñó en múltiples actividades: trabajando en múltiples ocasiones al servicio del Departamento de Estado; fungiendo como embajador, primero en Moscú y, años después, en Yugoslavia; en el Instituto de Estudios Avanzados de Princeton como investigador.  No lo es.  Gaddis, con su inmenso conocimiento acerca de la Guerra Fría, su inmensamente detallada investigación para este libro y su innegable talento como escritor lo convierte incluso en algo disfrutable.

Gaddis tiene la habilidad de presentarnos a Kennan tanto en todo su esplendor intelectual como con todos sus defectos humanos.  De estos últimos, los ejemplos abundan.  Pudo haber sido un experto en política Soviética, pero no podía entender a sus connacionales (ni tenía el interés de hacerlo).  Sus posiciones sobre política, interior y exterior, podían ser extremas.  Gaddis es claro cuando asevera que el éxito de muchas de sus artículos se debió a que eran templados en discusión con sus asistentes y la influencia de su siempre paciente esposa, Annelisse.

Sus opiniones sociales también podían ser en extremo conservadoras.  Podría haber sido un genio para ver las reacciones de otros pueblos pero, al mismo tiempo, era en extremo averso al riesgo.  Era increíblemente temeroso de cualquier cambio a la situación en que se había acostumbrado a vivir, aun cuando la transformación representaba una mejora en la vida de mucha gente, por que también significaba la pérdida de muchas cosas que en ese momento tenía y que le costaba dejar ir.

Desde este punto de vista, es fácil pensar que hubiera sido un pésimo gobernador o legislador, sin importar lo mucho que supiera sobre política exterior.  Afortunadamente, se encontraba en el lugar donde podía ser lo más efectivo posible.  Incluso si (tal vez) hubiera sido más deseable que aquellos encargados de gobernar hubieran escuchado sus consejos con mayor frecuencia, podemos decir que (es probable que) lo escucharon cuando más importaba.  Podría haber sido sólo un analista, pero sin él y su increíblemente oportuna política de disuasión -junto con muchas de sus batallas futuras- este mundo podría no haber existido.