La salida más estrecha posible

Empires, Nations and Families: a new history of the North American West 1800-1860 de Anne F. Hyde, Ecco, 640 pp.

Finalista Pulitzer Prize 2012 – Categoría Historia

Hacer análisis histórico de un periodo o de un proceso muy complicado puede atraer interpretaciones simplistas que, si bien pueden describir algunos de los factores involucrados, usualmente no pueden explicar  todo lo que sucedió.  Si agregamos muchos países, grupos sociales e intereses involucrados y cuya identidad puede estar en juego, el problema crece.  La historia del Oeste en América del Norte es un buen ejemplo.  Existen muchas narrativas, mutuamente excluyentes, para explicar los eventos de esa época.  Todas y cada una de ellas explican parte de lo sucedido, pero ninguna lo explica por completo.

La primera narrativa es, por supuesto, la historia oficial del Oeste Americano.  Es la historia de los pioneros “buenos”, que sufrieron dificultades y carencias, pelearon contra tribus Indias rapaces y contra grupos de inmigrantes blancos de malas intenciones.  El gobierno era corrupto o inexistente y, cuando aparecía, muchas veces estorbaba más de lo que ayudaba.  Esta interpretación suele ser una apología de los individuos y de los colonos blancos que llegaron a habitar el Oeste.  Hay cierta verdad dentro de ella: era una vida difícil y la ayuda oficial era inexistente, pero también tiene grandes fallas.  Principalmente, asume que el Oeste era un enorme territorio listo para quien quisiera tomarlo; y eso dista mucho de ser verdad.

Como mexicano, la narración oficial que estoy acostumbrado a escuchar es completamente diferente.  Después de todo, una porción realmente grande de todo el Oeste en Norte América era parte de México hasta la guerra de 1848 con los Estados Unidos.  Nuestra versión de la historia es que los colonos Euro-Americanos invadieron el territorio, expulsando de éste a los mexicanos ya establecidos ahí (legalmente) y que esto, aunado a la incompetencia y corrupción del gobierno mexicano, “nos robó casi la mitad de nuestro territorio”.  Es cierto que el gobierno mexicano era extremadamente ineficiente, envuelto en luchas de poder y utilizaba una estructura centralizada que resultó ser extremadamente dañina para el país (¡y que sin embargo continúa vigente!).  También es cierto que la validez de la apropiación de los territorios adjudicados al norte de la frontera actual con Estados Unidos era dudosa, por decir lo menos.  Texas se había rebelado en 1846 y ya se consideraba perdida.  Los otros dos grandes territorios, Nuevo México y Alta California, estaban abandonados a su propia suerte y se les requería comerciar exclusivamente con la siempre ausente Ciudad de México, que no otorgaba ni ganancias ni protección.  Y, por supuesto, no debe olvidarse que toda esa región no había sido parte de la conquista de los Imperios Mesoamericanos por España, que fue la base para formar México.  La reclamación del territorio, primero por Nueva España y luego por México, se basaba en la idea de que esos inmensos territorios estaban vacíos.  Nuevamente, no era el caso.

Debemos intentar evitar también defender la idea de que los pueblos Indios nativos fueron desplazados exclusivamente por la horrible gente que los colonizó, que perdieron sus ancestrales y sabias formas de vida y que, viviendo en un estado de inocencia, fueron masacrados por los invasores blancos y su avaricia.  Esta interpretación puede parecer atractiva (incluso en la versión caricaturizada y extrema que acabo de hacer).  Después de todo, ellos ya vivían ahí, con su propio estilo de vida y es un hecho que fueron desplazados por los, indudablemente avaros, colonos blancos; sin embargo, el estilo de vida que llevaban en ese tiempo los grupos nativos ya no era tan ancestral.  El contacto con los europeos había cambiado su vida de forma irreversible (en serio, ¿podemos pensar en un guerrero indio sin un rifle o, mucho peor, sin un caballo?).  Es necesario aceptar que la responsabilidad de su desaparición fue por lo menos compartida.  Como dice David Treuer, un escritor del grupo étnico Ojibwe (en el número de Granta de este verano), no todas las guerras fueron de vaqueros contra indios, hubo muchas de Indios contra Indios incluso antes de la Gran Guerra de las Planicies de la década de 1850.

Anne Hyde - Empires nations and familiesLa otra razón por la que ninguna de estas interpretaciones se puede considerar seriamente es que no se trataba de mundos aislados.  Si algo aprendí leyendo Empires, Nations and Families, el magnífico estudio histórico de Anne F. Hyde fue que, en la primera mitad del Siglo XIX, el Oeste en América del Norte no estaba poblado únicamente por Naciones Indias, sino que también compartían el territorio con varias familias que comerciaban con ellos, creando así una cultura diferenciada, que a su vez servía como puente entre blancos (incluyendo a colonos hispanos en California y Nuevo México) e Indios.  Esta situación era próspera y estable pero, dadas las condiciones depredadoras de sus participantes, quienes vaciaron el país de animales para vender sus pieles, y el hambre de tierra por parte de los futuros colonos, estaba condenado a desaparecer.

Antes de hablar de su colapso, me gustaría mencionar cómo logra Anne Hyde evitar caer en estereotipos dentro de su interpretación histórica.  Lo que hace es olvidar, en la medida de lo posible, la historia dominante de los grandes Imperios y la búsqueda de una interpretación única.  En lugar de eso, se enfoca en las familias que de hecho vivían en ese territorio en esa época y en cómo vivían.  Siguiéndolos a través de los múltiples cambios que se vieron obligados a realizar en sus vidas, tenemos acceso a una historia del Oeste Americano mucho más rica y compleja que la otra versión que tendríamos mediante cualquier interpretación simplista.

El conflicto que percibo en el libro es que, aun siendo una investigación histórica completa y realizada a fondo, el lector requiere en ocasiones tener conocimiento previo sobre el periodo para absorber a cabalidad lo que se expone.  Entre las familias a las que da seguimiento el libro para narrar la historia inicialmente tenemos la de Stephen Austin.  La olvidaremos durante casi medio libro, y la siguiente vez que miremos a detalle a Texas, será ya una República independiente de México.  De la misma manera, la autora menciona que intentar controlar el tráfico del oro sería la perdición de John Sutter.  Yo esperaba que detallara por qué, tomando en cuenta el detalle con el que narra cómo se estableció en California, pero la explicación nunca llegó.  Estos detalles, sin embargo, no demeritan lo que es un excelente análisis histórico.

El comercio de pieles requería un estilo de vida muy específico, adecuado sólo para gente dispuesta a vivir lejos de la seguridad y las comodidades de las grandes ciudades; capaz de establecer alianzas y, para lograrlo, contraer matrimonios dentro de tribus nativas, creando así las familias que poblarían este mundo y cosecharían los beneficios.  Era una vida difícil, pero seguramente tenía sus ventajas.  Fuera de la esfera de influencia de cualquier estado (más allá de sus pretensiones territoriales), los Bent, Chouteau, Mc Laughlin y Vallejo, las familias que seguimos a lo largo del libro, hicieron sus fortunas (o desfortunios) y su futuro dentro de ese mundo.

Varios eventos contribuyeron a su destrucción.  Las manadas de bisontes, que parecían infinitas cuando el hombre blanco llegó a las grandes planicies, comenzaron a desaparecer y las reubicaciones de pueblos Indios íntegros en lugares habitados de antemano por otros, con los que probablemente no llevaban una buena relación, provocaron fricciones entre ellos. Conflictos que se extendían naturalmente a una comunidad creciente de colonos.  Algunas tribus, en particular los Comanches que vivían en la tierra de nadie entre México y Estados Unidos, dictaban los términos en que sería la vida en esa zona.  Pero, mientras las condiciones se volvían más difíciles, los asaltos y robos también aumentaban.  Las epidemias de viruela, cólera y malaria devastaron a las poblaciones Indias, incluyendo a los poderosos Comanches.  Este conflicto se incrementó por grupos recién llegados, como los Mormones, que arribaron a Utah; y los cazadores de Oro de 1849, a California, al no conocer el sistema de comercio y alianzas que había regido en la zona y su negación para aprenderlo y practicarlo.

Sin embargo, el mayor evento que propició la caída del Oeste Americano fue la guerra entre México y Estados Unidos.  Después del conflicto, la proclamación del Territorio de parte de Estados Unidos se volvió más seria.  No obstante, su presencia era todavía tenue y no podía proteger a la gente que ya vivía ahí (India, blanca o de la etnia que fuera), incluso si hubiera tenido la voluntad de hacerlo.  Estoy convencido de que había gente que sí la tenía, como el General Wood, comandante del Ejército de Estados Unidos para la Costa Oeste.  Pero la mayoría de las personas involucradas no hicieron nada o activamente ayudaron a los colonos invasores a establecerse y apropiarse del terreno.

A raíz de estos sucesos se descompuso definitivamente el sistema y, lenta, pero inexorablemente, se impuso una nota dominante proveniente del mundo limitado de los colonos blancos.  Como este espléndido, aunque descorazonador libro muestra, una cultura con una riqueza múltiple fue sistemáticamente abrumada por otra, simple y monocromática.  Entre las muchas terribles e incontables pérdidas que resultaron de esta rápida y caótica colonización occidental, la pérdida de multiplicidad cultural es seguramente una de las mayores.