Nacido del Caos

We the Animals de Justin Torres, Mariner, 128 pp.

Selección del Latino book club Wilmington

Tal vez sea por que nunca he tenido la necesidad de aclarar, identificar o expresar mi identidad sexual pero no puedo entender la moda actual de querer etiquetar y nombrar las múltiples preferencias y actitudes posibles.  No es del interés de nadie más, por lo que la clasificación se vuelve superflua e innecesaria.  Desde mi muy particular punto de vista, cualquiera debería ser capaz de hacer lo que quisiera con quien quisiera, asumiendo que todo acto es consensual para todos los involucrados.  Desafortunadamente, no toda la gente piensa así y hay quien considera lo que alguien más pueda (o no) hacer como un problema personal grave.

Pensemos en un joven en búsqueda de su identidad sexual. El que una de las personas que no acepte tus decisiones sea parte de las su familia es seguramente un problema.  Si toda la familia piensa de esa manera, debe ser una pesadilla.  No puedo proyectarme personalmente sin ser capaz de hablar con alguno de los miembros de mi familia directa acerca de algún tema en particular (aun si no lo hago tan seguido como debería).  Imaginar a alguien que es excluido de la vida en familia y es internado en una institución psiquiátrica con el fin de buscarle una posible cura -para un comportamiento que evidentemente no es un mal- como resultado de no querer entenderlo, debe provocar por lo menos consternación.

Justin Torres - We the Animals

Desafortunadamente, no es suficiente para crear una buena novela.  We the Animals es la primer novela de Justin Torres y cuenta la historia, parcialmente autobiográfica, del descubrimiento de su identidad sexual y la alienación con su familia.  En un principio, el narrador y sus tres hermanos actúan como una sola entidad, no completamente humana, vagando a través de una vida caótica.  La familia es tan disfuncional como lo puede ser, con una madre que padece depresiones paralizantes y un padre ausente por periodos.  Los hijos tienen que valerse de sus propios medios para sobrevivir, tal como los animales a los que refiere el título.

Justin Torres trata de expresar esto utilizando un narrador que alterna entre la primera persona singular y una falsa primera persona en plural.  Esta es una decisión problemática, ya que al hacerlo (o, al menos, de la forma en que lo hace) elimina toda individualidad entre los tres hermanos y sobre-simplifica la niñez.  Podría ser que esta primera persona en plural quiere  mostrar la identificación del menor (que es claramente el narrador singular) con sus dos hermanos; pero si es éste el caso, nunca queda claro.  Los tres niños parecen estar guiados por un principio inconsciente de movimiento continuo, haciendo lo que se les ocurre y destruyendo lo que está en su camino sin pensarlo un momento.  Que los tres vayan como un solo torbellino no es consistente con el increíblemente complejo mundo de una mente infantil.  Aun si los tres fueran juntos todo el tiempo, habría pequeñas diferencias entre ellos, y existen maneras de expresarlas, incluso usando una narración completamente en primera persona plural (utilizando oraciones que mostraran esas diferencias en tercera persona, por ejemplo).

Creo que, en su afán por expresar la diferencia de la norma familiar, Justin Torres trató de mostrar a un grupo de hermanos imposiblemente homogéneo de tal forma que la separación de uno de ellos (el menor) causara el mayor impacto posible.  Al hacerlo, la verosimilitud de la historia decrece.  Hay otro problema mayor, considerando que el conflicto comienza porque la familia no puede aceptar que uno de sus miembros tenga deseos diferentes.  En el último capítulo, el narrador cambia del el plural nosotros de los tres hermanos al yo  del que queda separado del resto.   El nuevo punto de vista muestra que, incluso cuando es cierto que la familia no lo acepta tal como es, él tampoco los acepta a ellos.  Es realmente difícil tener empatía por un personaje así, que se trata a si mismo como víctima y deja poco espacio para cualquier otra interpretación.

Extraño como pueda parecer, es este último capítulo del libro el que más disfruté.  No sólo rompe con el punto de vista múltiple artificial, sino que da la voz pura y lastimada del narrador.  La distancia con la familia y el enorme abismo de malos entendidos están incluidos ahí.  De hecho, todo lo que uno puede aprender sobre la familia en los capítulos anteriores está contenido de alguna forma en este último.  Como un cuento es complejo, coherente y en última instancia funciona bastante bien.  Pareciera como si hubiera empezado a escribir a partir de el final y luego hubiera agregado el resto para darle forma y tamaño de novela.  Es cierto, la ruptura puede ser muy abrupta, pero puede que fuera la única forma de darle forma al caos y, en última instancia, es la única razón por la que creo vale la pena leer el libro.