Privilegios del punto de vista

Wolf Hall de Hilary Mantel, Picador, 640 pp.

Ganador del Booker Prize 2009

¿Es posible escribir algo completamente original?  Todo aquél que haya escrito, o al menos intentado escribir un cuento o historia sabe lo difícil que puede ser.  Y que nunca falta quien pueda encontrar fuentes, predecesores, paralelismos o viles plagios (que uno nunca sabe, pueden llegar a ganar hasta premios) a partir de cualquier texto.

Las obras de ciertos autores suelen ser consideradas como fuente primaria para la inspiración de todo candidato a escritor: Homero, Shakespeare, Dante, Joyce, Poe, Rulfo… Pero incluso ellos no son por completo originales; es posible rastrear las fuentes de inspiración para su estilo y sus historias.  Siendo así, pensemos un caso extremo, ¿cómo podemos narrar una historia que todo aquel que le pudiera interesar conoce ya a detalle?

La historia de Enrique VIII de Inglaterra es ampliamente conocida dentro del ámbito popular.  La parte que todo mundo sabe: casado con Catalina de Aragón, decide divorciarse de ella (culpándola de su imposibilidad de tener hijos varones) para casarse con  Ana Bolena ( cuyo nombre en realidad es Anne Boleyn, pero el uso de la traducción en su caso como en el del rey son tan comunes que es difícil escribir sobre ellos sin usarlas).  Como consecuencia, termina con la relación entre la Iglesia en Inglaterra y el papado, creando la Iglesia Anglicana.  Eventualmente se separará de Ana Bolena (un tanto abruptamente) y tendrá en total 6 esposas.  Todos sus hijos varones morirán siendo menores de edad, incluso el que lo sucede en el trono a su muerte.  Finalmente, lo heredarán sucesivamente sus hijas Mary, de Catalina (Bloody Mary) y Elizabeth, de Ana.  A la muerte de esta última se extinguirá la dinastía de los Tudor, el mayor temor de Enrique VIII.

Por supuesto, ese es únicamente un bosquejo general.  El proceso histórico fue especialmente complejo y múltiples elementos y personalidades de la época sirvieron para complicarlo aún más.  Aunque parecería que no había en su momento otro nombre más que Thomas (el cardenal Wolsey, Cromwell, More, Howard, Boleyn y Cranmer comparten el nombre, por mencionar a los importantes), cada uno de los portadores tiene una personalidad y realizó una serie de acciones basadas en creencias que los hace brutalmente atractivos.  Agreguemos a los artistas de la corte: Henry Wyatt, Hans Holbein y, por qué no, William Tyndale y sería difícil conseguir un coctel más variado, rico y verosímil en una narración de mera ficción.

Hilary Mantel resuelve este problema reemplazándolo por otro, que resuelve a su vez de forma magistral.  Centra el relato en el que probablemente podría ser el más gris de sus personajes: Thomas Cromwell.  El hijo de un herrero que llegó a ser canciller, y probablemente la persona más importante del reino después del mismo rey.  Cromwell es también el arquetipo de la persona que sube de forma implacable, con una determinación inflexible al perseguir sus intereses, sin importar sobre quién tenga que pasar.  El acierto de Mantel es mostrar a un Cromwell que va más allá de esa caricatura.  Si bien es cierto que usa todos los medios a su disposición para sus intereses, estos están justificados.  En Wolf Hall Cromwell no es ni un héroe (aunque la historia se centre en él) ni un monstruo (aunque haga cosas horribles).  Es simplemente un personaje central verosímil, que sorprende, incluso conociendo su historia desde antes de leer el libro.

La segunda estrategia  que utiliza Mantel es cambiar el tema central de la narración.  Aunque es una parte importantísima de la historia (y como podría no serlo), el circo de las esposas de Enrique VIII no es el tema principal de Wolf Hall.  Todo el tiempo queda circunscrito a lo que verdaderamente le importa retratar a Mantel, la Reforma de la Iglesia y la necesidad de interpretación personal de las escrituras sagradas. Wolf Hall  muestra que, después de todo, la creación de la Iglesia Anglicana es un proceso mucho más complejo que un berrinche del rey o una estrategia aguda de su ministro.  Un sector de la población (que incluía probablemente la propia Ana y Cromwell) luchaba por tener acceso a la Biblia de Tyndale y, por lo tanto, a la interpretación de su propia religiosidad mientras que otro lucha por mantener el status quo perpetuando tradiciones que les parecen intocables.

Por supuesto, no es posible hablar del libro de Hilary Mantel sin tomar en cuenta el estilo de su escritura, que es quizá el punto mas controvertido del libro.  Mantel sigue a través de toda la narración a Cromwell, utilizando diferentes estrategias y técnicas como alternar entre una narración en primera y tercera persona, o que desde esta última perspectiva, siempre que se mencione “he” o “him” habla de Cromwell, y no necesariamente del último personaje masculino mencionado.  ¿Por qué hacer todo esto, aparte de para dificultarle la vida al lector? El resultado, una vez que se ajusta uno a las diferentes técnicas antes mencionadas, es que el punto de vista siempre se queda detrás de Cromwell.  Podrá no ser el personaje más importante en esa escena, o incluso el más interesante, pero siempre; desde las intrigas de Ana Bolena y el Cardenal Wolsey hasta los sufrimientos de los protestantes castigados como herejes, todo lo vemos desde la perspectiva de Cromwell.  En estricto sentido, aunque es la misma historia que hemos escuchado una y otra vez, es una nueva versión, diferente a todas, llena de suspenso no por saber qué va a pasar, sino cómo.

Por supuesto, algunos de los otros personajes juegan un papel fundamental, también incluso si ya sabemos lo que sigue.  A mitad del libro, viendo que uno de los capítulos siguientes se titula Anna Regina la emoción es grande, no por no saber que en algún momento Ana Bolena fuera a ser reina, sino por saber que ese era el momento del libro en que lo iba a lograr.

Todos representan virtudes y pecados, elementos de una época que forjaron y a la que representan, así como cuestiones de la naturaleza humana que van más allá del siglo XVI. Por ejemplo, tenemos al Cardenal Wolsey, culpable de acumular demasiado poder, más que el que su posición lo permitía, y a Thomas More, su sucesor, que ejerce el poder sin querer detentarlo.  Los excesos hacia ambos lados, el derroche y la contención extrema, terminarán siendo la perdición en ambos casos.

También está la antítesis de dos damas de compañía: la virtud de saber esperar, encarnada por Jane Seymour, que sabemos será la tercer esposa de Enrique, y el pecado de no poder hacerlo como Mary Boleyn, hermana de Ana, amante del rey y desechada cuando pierde su única utilidad real en la corte.

Tres personajes quedan más allá de éstas dicotomías.  El rey, que tiene una función casi divina y está fuera de las tribulaciones que aquejan a sus vasallos.  Es el punto más alto de la escala, lo sabe y lo aprovecha.  Ana y Cromwell, a su vez, los dos llegan triunfantes al final del libro.  Ana es reina, Cromwell es canciller.  Ella ha conseguido los objetivos de su ambición y persistencia; él, tiene todo preparado para consumar su venganza.

¿Que sigue? El choque entre ambos es inevitable.  Ana quiere un hijo que sabemos no llegará.  Los Boleyn caerán y los Seymour subirán junto con Cromwell, hasta que llegue el eventual momento de su caída también.  Pero eso es tema para Bring up the bodies, el segundo volumen de la trilogía, y ganador del  Man Booker Prize en 2012.