Una poética batalla entre deprimidos

Swimming Home  de Deborah Levy, Bloomsbury, 176 pp.

Finalista Booker Prize 2012

La depresión es un contrincante astuto y artero.  Usualmente se toma su tiempo antes de decidirse a atacar.  Más aún, cuando lo hace, los detalles de su proceder nunca terminan por ser claros. Por si fuera poco, no todas las veces actúa de la misma manera.  En la mayoría de las ocasiones el sujeto se paraliza completamente, mientras que en algunas otras (quizá después de terminado el periodo depresivo), ocurre un brote de creatividad.  A manera de ejemplos, en estos últimos casos encontramos a los sospechosos comunes (Sylvia Plath o David Foster Wallace) junto con algunas sorpresas.  Según leí en un artículo reciente en The Atlantic, Kurt Vonnegut también sufría de depresiones y canalizaba algunos de los efectos a través de sus libros.  Seguramente una lectura más cuidadosa podría ilustrar esta influencia.

Deborah Levy - Swimming HomeSwimming Home, de Deborah Levy es una novela (podría ser considerada noveleta, incluso) acerca de un caso semejante: depresión que fomenta la creatividad.  Joe Jacobs, un poeta famoso se encuentra de vacaciones en una pequeña villa en la costa francesa.  Lo acompañan su esposa Isabel, su hija adolescente Nina y una pareja de vecinos (de su hogar habitual) poco amigable con la que comparten la casa.  También están un deslucido cuidador de la villa, su amigo (el dueño del único pequeño café en el pueblo) y la vecina, anciana y solitaria.

La aparición de una visita inesperada complica la situación.  Se trata de Kitty Finch, una poeta también, quien tiene contacto con la dueña de la villa y parece estar de cierta forma obsesionada con Joe.  Después de que ciertas circunstancias se desarrollan, la atractiva joven de aspecto salvaje es, sorpresivamente, invitada a quedarse en la última habitación disponible en la villa.  Como era de suponerse, los problemas comienzan de inmediato.  Atraída hacia el poeta mayor (en edad y técnica al parecer) y atractiva por sí misma, la presencia de la recién llegada crea estragos en la frágil situación familiar.  Desde un principio pareciera como si Joe y su esposa buscaran cualquier pretexto para alejarse del otro, quizá definitivamente.

El libro comienza con un par de escenas que funcionan como introducción de la situación general. La primera, cronológicamente situada al final de la semana narrada en la novela, muestra a los dos poetas viajando en un coche.  La segunda, al principio de la semana, narra la llegada de Kitty, y sus inusuales circunstancias.  Ambas escenas tienen una serie de pequeños mensajes, guiños para el lector, que generan una expectativa enorme de lo que va a pasar.  En este momento, apenas pasadas diez páginas (a lo más) el libro parece una historia que puede ser interesante, pero que será ciertamente predecible.

Los eventos se suceden tal como se esperan, hasta un momento, difícil de percibir, en que comienzan a sorprender.  Cuando llegué a la narración de la escena inicial en el auto, ahora en el momento en que cronológicamente debe ir, su significado se había transformado por completo.  Ya no era la situación que había pensado en un inicio, o parcialmente lo era, pero la interpretación del evento cambió al leerla completa, habiendo conocido a los personajes y lo que había sucedido entre ellos.  No quiero decir de más, baste mencionar que la poesía es más importante en este momento que la atracción física.

La razón principal por la cual la lectura de toda la historia cambia es la misma que logra que ciertos detalles que hasta ese momento parecían inverosímiles se vuelvan creíbles y tomen sentido. Esta razón es la depresión de los personajes.  Personalmente no estoy acostumbrado a estar sumergido en la depresión (al menos no de esa manera y no todo el tiempo) ni a ver todas las decisiones cotidianas a través de su distorsión.  Sin embargo, todos los personajes de Swimming Home (con la probable excepción de Nina, aunque no lo podría apostar) la sufren en algún grado.  Algunos, de forma explícita y declarada, como Kitty o Joe; los demás, en distintos grados de sutileza: pero nadie se encuentra libre de ella por completo.

Para mostrarnos esto, Deborah Levy cambia el punto de vista de la narración entre los personajes, mostrando lo que pasa desde y a través de cada una de sus nubes depresivas.  Nunca abandona la tercera persona, pero usualmente sigue a alguno de cerca.  Una escena en particular, casi al principio del libro, es particularmente ilustrativa.  Se repite de forma consecutiva para mostrar las ligeras diferencias con las que la ve, percibe e interpreta la situación cada uno de los participantes.  El resultado es la exposición consecutiva de muchas reacciones completamente diferentes, ante las mismas acciones, dependiendo de quién (y su depresión) sea el que esté mirando.

Deborah Levy tiene una inmensa experiencia como guionista y es fácil percibirlo en la novela.  En la misma escena de las perspectivas múltiples, pareciera como si todos, lector, narrador y personajes fuéramos parte de la misma audiencia, mientras ella nos fuerza a ver hacia alguna parte del escenario, agregando la percepción distorsionada de cada uno de los personajes.  Como resultado uno se pregunta, ¿cómo se diferenciará mi propia percepción del libro a la de otra persona, cada uno con su cúmulo de problemas y experiencias?

El final es tan impactante como puede serlo y de cierta forma inesperado.  Al menos, lo fue para mí.  La depresión provoca una lucha dentro de cada personaje así como conflictos entre ellos.  Lo que no queda claro, o supongo que será diferente dependiendo de a quién se le pregunte, es quién fue el ganador de este combate, o incluso si podría haber uno.  La experiencia poética, también producida a través de la depresión entre los personajes del libro, es transmitida a uno (¿o varios?) de los personajes en un caso extraño de herencia.  Después de un epílogo perturbador que sin embargo cierra de forma perfecta la historia, quien la recibe, y por qué, es todavía más turbio.  Tal como la depresión misma.